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RINCÓN DEL VOLUNTARIO - COMENTARIOS

Perú: Redescubrir los valores de la vida

Por un lado parece como si el tiempo no hubiera pasado, como si el tiempo allí, hubiera sido un paréntesis en mi vida, y vuelvo aquí, a enganchar desde donde lo dejé. Pero nada más lejos de la realidad: yo no soy la misma.

Experiencias como esta, hacen que el cambio sea más intenso, aunque luego a cada uno le afecte de distinta forma. ¿Y por qué tal cambio? Pues, en mi caso, primero viene el decidirse. Yo tenía inquietudes en cuanto a la cooperación con otros países desde hacía tiempo, pero una cosa es la idea y otra es, concretarla. Así que el cambio comienza con ese paso, de arriesgar lo seguro por lo desconocido, aceptando los “miedos” normales que eso conlleva, pero alentado también, por esas motivaciones fuertes que te mueven a una experiencia de este tipo.

Después viene la etapa del “gran cambio”. Ese que es paulatino, con el día a día, y del que yo misma casi no fui realmente consciente hasta que volví a mi “entorno anterior”, y empiezo a notar que la vida la veo ahora con otros ojos, desde otra perspectiva; y no solo la veo, sino que la vivo, diferente.

Allí aprendí a valorar y vivir más intensamente la vida actual, la que tenemos en cada instante, sin caer en esa rutina que acaba apagando el valor de cada momento, por que en el “después”, nunca sabemos lo que podrá pasar.

Aprendí también a dar más importancia a las cosas de la vida que realmente la tienen, replanteándome algunos aspectos de esquemas fruto de la influencia de nuestra cultura occidental. Empecé a relativizar la importancia de mis “problemas o dificultades” dándoles sólo la que se merecían.

Gracias a aquellas vivencias y las personas que conocí, he podido aprender, descubrir o redescubrir el valor de cosas como: el compartir no lo que sobra sino lo que son y tienen para vivir, del “reunirse y estar juntos” sin importar el cómo, ni el dónde; el valor de la hospitalidad sincero y espontánea; el valor de la familia y de la verdadera amistad, que no conoce ni fronteras ni distancias; el valor de compartir su tiempo con quien te necesita, del escuchar sin prisas, del implicarse en el esfuerzo y la ilusión por conseguir un sueño; el valor de aquellos que se desprenden de sí mismos para dar su vida entera por los demás, sin esperar nada a cambio y siendo así, plenamente feliz; la importancia de crecer en espiritualidad, de “pararse” y reflexionar; el valor de la fidelidad, de la sinceridad, del expresar lo que uno lleva dentro, de vivir con alegría; el valor de tener o básico para vivir sin preocuparnos por cómo conseguirlo para el día o mes siguiente; el valor de tener la oportunidad de estudiar, el valor de la universidad, de sentirse Ciudadano del Mundo, hermano del otro, sin importar las diferencias de cultura, raza, religión o nivel económico y social.

Y de cosas tan sencillas y cotidianas como un saludo amable; una sonrisa de cordialidad, el e-mail o llamada de alguien que se acuerda de ti, una conversación con alguien cara a cara, sin tecnologías por medio; el tener dos piernas y poder caminar, correr, subir montañas…; el valor de la sonrisa de un niño, de unas palabras de agradecimiento, de ánimo o de cariño, o un abrazo sincero de bienvenida o de despedida.

Sin embargo, gracias a la duración de mi estadía, tuve tiempo para experimentar que no todo es un camino de rosas. Me encontré con situaciones duras y complicadas, circunstancias no muy favorables. Y también, con personas de comportamiento y actitudes difíciles de aceptar. Todo esto, conlleva una serie de sentimientos y pensamientos que te pueden “hundir” o, por el contrario, te pueden “hacer más fuerte”. Estos momentos de impotencia, frustración y desánimo son también oportunidades para reafirmar las motivaciones y el sentido de por qué uno está allí, y seguir advente. Y así intenté vivirlos, aprendiendo a superarlos, no sin altibajos y con gran ánimo y esfuerzo; a darles sentido y aceptar lo que la vida nos depara, en lo que NO se puede cambiar, y en seguir siendo “inconformista” en lo que SÍ se puede cambiar.

Esto es parte de lo que me enseñó aquella experiencia, que no deja indiferente y que, en mayor o menor medida, te cambia. Cambio que puede dar un nuevo rumbo a tu vida, hacia una vida más plena, escuchando al corazón, y luchando estés donde estés, por el eterno sueño de un mundo más justo y más feliz para todos.

Ana Jiménez.
Pamplona. España.

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